jueves, 22 de marzo de 2012

El Arrullo de los Brazos de la Mamá de Armando







Eran las 2:00 p.m. en la ciudad. 

La lluvia hacía su trabajo mientras los obreros hacían también el suyo. 

No hace mucho que había culminado la hora del almuerzo, pero la ollita arrocera con corazón de huevo frito y dos tajadas de plátano que había en el morral de Armando se hallaba intacta. No quiso comer nada esta vez, aunque su barriga obrera estaba vacía.

Una sensación incómoda en su tórax le quitaba la concentración: sentía en su pecho punzadas... esas que se sienten cuando vienen un mal presagio. No quería anticiparse, pero sabía que su trabajo quedaría mal hecho si seguía sintiendo lo mismo. Pensó que, para saber de qué se trataba, lo mejor era salir de la duda a la antigua: averiguando.

Su estómago crujía, y  pensó que tal vez la mala sensación se iría comiendo -aunque tampoco es que tuviera mucho apetito-.  Pensándolo bien, el huevo no tenía la culpa y Armando no era "regodiento". Mamá Isabel le había enseñado que mientras haya qué comer, hay que agradecerle a la vida y a Papá Lindo (que mañana no se sabe...)
Entonces, aunque ya había terminado la hora del almuerzo, Armando estaba dispuesto a ir por esa olla de arrocito con huevo.

Estando de pie frente a los casilleros Armando buscó la llave en el bolsillo derecho de su pantalón sin hallar nada.  Sacó velozmente la mano para apretar  con  firmeza el mismo bolsillo buscando nuevamente  la llave con su tacto. Lanzó sus manos al pecho haciendo presión en los bolsillos pectorales y tampoco enconotró nada.  Deslizaba sus manos hacia arriba y hacia abajo por toda su silueta sin hallar nada en absoluto.  Lanzó un alarido  iracundo y una patada a los lockers.  Luis , que hace rato estaba observando la escena , se acercó despacio.
Armando, al verlo, le preguntó por la llave.


- No, mijo. Yo no la tengo. -Respondió Luis.
- ¿Quién la tiene?, dijo Armando.
- ¿Y es que ya se va? -Preguntó Luis con mirada de sorpresa.
- ¿A usted qué le importa? ¡¿Quién la tiene?!
- ¡Cálmese! Camine, más bien, y me ayuda a preguntar... 

Luis sabía que Armando no estaba bien. De hecho, siempre sabía cuando a su amigo le ocurría algo,  pero esta vez, como en anteriores ocasiones, tampoco quiso entrometerse en sus asuntos así que, sin preguntar nada más, accedió a ayudarle a encontrar las llaves, o por lo menos un duplicado.







Cuando llegaron donde el vigilante para solicitar la copia de las llaves que buscaban, su puesto estaba vacío porque éste se encontraba haciendo la ronda. El terreno era extenso y el recorrido muy largo; el vigilante se demora.

Al no encontrar llaves, salió con paso ligero a buscar alguna otra herramienta que pudiera servirle. Trajo un destornillador, pero fue en vano. Corrió nuevamente y al rato volvió con una maceta y un puntero. Dos o tres golpes con ira y el locker estaba abierto. Tomó su morral de un jalón, y salió al galope de sus tennis salpicando lágrimas de barro y lluvia.

Las calles empapadas y vacías le hacían eco al pulso de sus pasos... Tenía los oídos tapados por la agitación. Podía percibir cada una de las infinitas gotas de melancólica lluvia que golpeaban su frente. No paraba de correr y sentía su corazón latir con estridencia en su garganta.


 


-Que los obreros hagan su trabajo y que la lluvia haga también el suyo mientras yo galopo feliz en estos charcos de melancolía...-, pensaba Armando mientras, poco a poco, el delirio llegaba para hacerse cargo.

Empezó a recordar cómo, cuando niño, jugaba a cazar gotas de lluvia con la lengua. Cuánto sonreía al escuchar caer pequeñas gotas de agua sobre su tejado de zinc, anunciando que era el momento de salir saltando al patio para recibir la tormenta en infantil euforia.

De pronto, tanta euforia en sus visiones, era interrumpida por la tristeza que le ocasionaban sus recuerdos. No es que no hubiera tenido momentos felices, pero su situación actual le hacía ver que hace mucho tiempo había dejado de sonreír y que, muy posiblemente, jamás volvería a hacerlo.

Armando aumentó la velocidad, ahora corriendo sin rumbo fijo, como queriendo huír  de la congoja que le perseguía. Lluvia caía en su rostro y lágrimas salían de sus ojos impidiéndole ver con claridad el camino.




 Sin saber cómo o por qué razón, había llegado al barrio de su infancia.  Ya poco importaba lo que pudiera suceder con su trabajo.
Queriendo sentirse un poco mejor -y ya entrados en gastos-, decidió buscar la casa donde se había criado; la casa de donde se  había escapado en su adolescencia, queriendo huír de los mismos problemas que lo persiguieron siempre... esos de los cuáles quería esconderse en este preciso instante; muy seguramente,  encontraría café caliente al volver a su antigua casa.

Cada paso de su galope hacía saltar de manera frenética el corazón amarillo de huevo frito que, sorprendentemente, se hallaba intacto en la ollita del almuerzo dentro de su morral, pero al llegar al sitio que buscaba sintió dentro de su pecho cómo se "totiaba" estrepitosamente la yema de su corazón: Una multitud se encontraba en la puerta dando lamentos de dolor: rostros estupefactos que se miraban entre sí, intentando buscar una explicación comunmente aceptable ante el hecho sucedido.





Sin mediar palabra con nadie, Armando entró a la casa, como si esta nunca hubiera dejado de ser su casa. Irrumpió en la habitación principal. Sus ojos, llenos de rabia y lágrimas, apuntaban a un crucifijo en la pared sobre la cabecera de la cama. Recíprocamente, los ojos de INRI apuntaban a su pecho como acusadores puñales.

Armando se preguntaba a sí mismo "por qué", aunque en el fondo de su conciencia sospechaba que podía deberse al hecho de no parecerse en nada al bondadoso INRI de los crucifijos.

Su hermano José, se le acercó tomándolo por el hombro. Luego lo abrazó y rompió también en sollozos. Armando lo secundó.

-Ella no hacía nada más que llamar a su negrito- Dijo José.


-¿Cómo pasó?- Preguntó Armando.

-Hace días estábamos viendo el álbum de fotos con la niña cuando, al pasar la página, apareció una foto del matrimonio de ella y mi papá. Se puso a llorar por el viejo. Siguió pasando páginas y apareció la foto del último paseo que hicimos al río cuando fue lo de la primera comunión de Gloria. ¿Se acuerda del paseo?

-¿Cómo se me va a olvidar?. Si fue la última vez que vimos al viejo vivo. Tan fuerte que era él ¿No? ¡Cómo me gustaría que él estuviera aquí con nosotros dándonos fuercita!...

-Pero también fue la última vez que lo vimos a usted por la casa, Armando. Después de eso usted se fue. Y mi mamá lloraba cada día porque usted no estaba. ¡Cómo lo llamaba!:  "Mi negro... mi negrito... Armandito, mijo... ¿Será que ya comió alguito? ¿Dónde estará durmiendo mi patojo?".
Se puso toda achicopalada y estuvo así por varios días. No quería comer ni hablar con nadie. Se la pasaba mirando pa' la ventana y con los ojitos hinchados de puro llorar. Y esta mañana cuando vine a alistarle la ropa pa' bañarla yo sí  noté que estaba como durmiendo mucho, pero pensé que era puro cansancio. Me fui a hacerle una aguapanela pa' ver si era frío lo que tenía  pero cuando se la traje, ya mamita no me quiso abrir los ojitos. Ya no me respondía mi viejita...


Entonces Armando se zafó del abrazo de su hermano y se acercó a la cama. Volvió a mirar al crucifijo y luego posó su mirada sobre el pálido rostro. Susu ojos volvieron a llenarse de llanto y su nariz de mocos...

-Mi viejita... Mamita... Ya está acá su negrito...- Entonces tomó su mano fría y entumecida, y en ella posó los besos que le debía desde siempre. Lloró como jamás había llorado. Lloró por aquello que nunca quiso llorar. Armando lloraba y afuera aún llovía.





Horas después, los hombres de la casa y algunos funcionarios de medicina legal se disponían a sacar el cuerpo de mamá de la habitación, pero éste se había puesto pesado y escurridizo. Dos vecinos llegaron para ayudar, también, aunque parecía que el esfuerzo era insuficiente. Armando pensó que tal vez su mamita del alma aún no quería que la sacaran de la casa. En ese instante llegó Gloria, la hermana menor de Armando y José, quien, al ver la lúgubre escena, se abalanzó sobre el cuerpo muerto de mamá en medio de llanto sin poder decir nada. José la tomó por el brazo intentando apartarla del cuerpo. Cuando Gloria se levantó, todos notaron que las mejillas de mamá estaban mojadas y no por el llanto de su hija Gloria, pues lágrimas salían de sus ojos también. 

-Ahora sí. Ya estamos completos, mamita linda.- Dijo Armando.
-Yo creo que ya nos la podemos llevar- Dijo Gloria mientras secaba las lágrimas que emanaban de los para siempre cerrados ojitos de mamá.



 
 
La levantaron, esta vez con la facilidad de quien levanta una pluma, y bajaron el delgado cuerpo de mamá por la escalera hasta llegar a la sala de la casa, donde esperaba una fría camilla plegada en el suelo. 





Meses después del sepelio de mamá, Armando seguía guardando un luto eterno, como es lógico, pero sentía que su depresión ya estaba rozando los límites de la locura.

De un tiempo para acá, más que ser sólo su forma de trabajo, la construcción se había vuelto una herramienta de auto-terapia con la que distraía su mente. Canalizaba a través de su trabajo toda la ira que sentía con el universo. Cada martillazo era un grito de desahogo, pero no dejaba de ser un placebo inoficioso. Lo que sea que hiciera para distraerse no era suficiente para olvidar el dolor que le causaba la partida de su madre. Pensaba demasiado. Últimamente se le encontraba viendo hacia ningún horizonte, absorto en sus pensamientos. Le inquietaba lo sobrenatural. No dejaba de preguntarse qué carajos habrá hecho INRI para poder levantarse de la tumba... la tumba... la tumba.

"¡La tumba!"

La imagen de la tumba de mamá llegó a su mente y esa imagen no se fue en toda la tarde. Esta vez, no salió corriendo. Trabajó hasta el cansancio y siguió trabajando muy juicioso después de eso, como si estuviera siendo vigilado desde el más allá. Trabajó como si fuera la última vez en su vida. Después de la satisfacción del deber cumplido, decidió ir a visitar a su vieja al cementerio. 

Al salir del trabajo, pasó por una tienda, donde compró un litro de aguardiente, cuya mitad tenía destinada para ser regada sobre la tumba de mamá. La otra mitad sería para él. Al fin y al cabo, quizás no era tan tarde para tomarse un último guarito con su vieja, como lo hizo en el último paseo de río de la familia.

Salió corriendo de la tienda, con el mismo galope que llevaba aquel maldito día en que falleció mamá, pero en vez de sentir angustia, llevaba en la yema de su corazón una profunda excitación por reunirse con ella nuevamente después de meses. 




Estaba comenzando a oscurecer y no faltaba mucho para llegar al cementerio. 
Al encontrarse en la puerta, tuvo que darle una que otra copita de aguardiente al celador para que lo dejara entrar. Después de convencerlo, entonces comenzó a buscar la tumba de mamá.

Entre trago y trago, se iba posando la noche sobre su cabeza y sobre la ciudad también, pero seguía sin hallar la tumba de su madre. 

Seguía buscando y dando sorbos, pero su búsqueda era absurdamente infructuosa.
Se devolvió a la reja principal, donde estaba el vigilante, y le preguntó nuevamente si sabía dónde estaba la tumba que buscaba. El celador le dio unas indicaciones, que Armando siguió al pie de la letra, pero tal parecía que todo era en vano.

Así fue madurando la noche sobre el cielo del cementerio y Armando seguía dando vueltas, pisando  tumbas y flores, sin hallar lo que buscaba.

El trago ya había empezado a hacer efecto en la cabeza de Armando y, aprovechando la situación, llegó nuevamente la venenosa angustia a instalarse en su pecho y a joderle la mente.
Ahora se encontraba rodeado de lápidas de extraños, pero no había rastro de la lápida de mamá. Sencillamente se perdió.  No se atrevía a presentarse por tercera vez ante el celador por una cuestión de vergüenza, pero cuando finalmente decidió devolverse, descubrió que, sencillamente, él también se había perdido.

El desespero se apoderó de él. 
Su respiración se aceleró con la misma fuerza de una locomotora. 
Tomaba su cabeza entre sus manos y se preguntaba una y mil veces "por qué". 
Todo era oscuro y hacía frío. 
Comenzó a llover nuevamente... 

Armando lloró...




Sus ojos destilaban toda la desesperación y tristeza que su alma se negaba a seguir soportando, pese a la resignación.
Su boca, llena de baba espumosa, pronunciaba el nombre de mamita, con todo el infinito amor que merece cualquier ser cuya vida sea finita, y a la vez sintiendo el más insoportable de los dolores.

-¡Ay, mi mamita... 

¿Dónde está mi mamá, carajo?...
...¡Ay, ay, ay!...
¿Qué se me hizo mi viejita?... 
¿Por qué no la encuentro, mamita?... 
¡Ah, vida treintahijueputa!... ¿¡Dónde está!?
¡INRI!...
¡¡¡INRI!!!, ¿Dónde hijueputas estás? 

Me quiero morir...-


Armando sintió cansancio en los ojos y tenía también dolor de cabeza tanto por el alcohol, como por haber llorado tanto. Entonces el sueño se apoderó de él, por lo que, casi sin darse cuenta, decidió acostarse en cualquier parte; a fin de cuentas, ya nada tenía importancia si su mamá ya no estaba con él, ni en cuerpo ni alma. Armando, en medio de lágrimas y lluvia, se tendió en el suelo, y poco a poco fue quedándose dormido.






Al amanecer, junto a Armando se encontraba el vigilante del cementerio acompañado por dos policías que tomaban su declaración. Al rato llegó una furgoneta de la fiscalía para hacer el levantamiento del cuerpo frío y sin vida de Armando, justo como él deseaba estar hace apenas unas horas. En su mano derecha sujetaba aún la botella de aguardiente, a la que le quedaban todavía algunos tragos. Su mano izquierda cubría el nombre tallado en la lápida de la tumba donde se acostó hasta morir. Al levantarle la mano, pudieron ver que se trataba de la tumba de una mujer. El nombre de la lápida: Isabel.


José y Gloria, enterados de la reciente calamidad, decidieron enterrar a su hermano Armando junto a la tumba de La Señora Isabel; quien lo arrulló esa angustiosa noche cuando la tumba de mamá se había perdido. 

Isabel, que luego de muchos años volvía a arrullar a su negrito Armando, como cuando él era apenas un niño; como lo hizo también con sus otros dos hijos, Gloria y José.

Era el arrullo póstumo de mamita Isabel, quien duerme eternamente junto a su negrito del alma.


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